Peregrinaciones truncadas

El Camino primitivo de Santiago, es el detalle superlativo para un viajero que busca el yo. La soledad de una travesía embutida en su propio retiro.

Un comezón de ideas en construcción. Cada paso es, ver difuminarse los pensamientos negativos. La sombra del caminante, juega con los corazones pintados de tiza en los mojones. Imaginar la huella de una sola pisada, la de este peregrino, de entre las cuatrocientas sesenta mil zancadas dadas. No estas solo, hay miles de caminantes en el camino.

Cientos de almas y destinos confluyen en Melide, cien piropos al camino antes primitivo, unido a partir de ahora al francés. Aguas santas, única espuma de vidas que se dirige hasta o Pedrouzo, en la undécima etapa del camino primitivo de Santiago.

Un adiós a las estrellas que se aglutinan atropelladamente, formando dibujos en el cielo de una plaza en Melide. La llamada plaza del Convento, albergaba un antiguo hospital de peregrinos de balcones que fueron cielos imaginarios, desde allí decían adiós los hospitalarios hospitaleros de ayer. La iglesia de Sancti Spiritus. El templo de Santa María de Melide, románico del siglo XIII.

Caminamos, oteo de pastos y eucaliptos, ríos, el Catasol y Furelos, que fueron agua infinita, hoy aún directamente proporcional a la vida. Cien respiraciones se escuchan en las casas. Hormigueo de habitantes en los lugares de Boente, Fraga Alta.
Ribadiso da Baixo, emparejada con un puente medieval, este último solo escupe sonidos ininteligibles en lenguas ya muertas. Camino tamponado de hospitales como el de peregrinos de San Antón.

Villa de Arzua, localidad de As Barrosas, la capilla de San Lázaro, aldea de Preguntoño. Prados verdes, ganado, dos mil eucaliptos estilizados que mudan la piel. Mil pistas de tierra y caminos asfaltados perpendiculares al peregrino. Fuente barroca en El Empalme, agua barroca que nunca duerme.

Pequeña ciudad que es O Pedrouzo, el camino es llano, se ha endurecido el interior del ser y el caparazón es irrompible.

Se acerca el final.

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Confluencia de caminos

He recorrido un largo camino trazado desde la antigüedad. Empedrada historia, primitivos lugares tapizados con pequeñas cuadrículas de piedra que hablan de anteriores viajes. Cantos gastados que cantarán ulteriores movilizaciones de perfiles buenos, malos, regulares, ricos y pobres, seres que serán mañana.

Los muros del camino que acompañan algunos de nuestros pasos, son espectadores indiferentes de la transición de paisajes dispares. Paredes que serpentean. Borrachera de horizontes diferentes. Árboles eternamente unidos por el deseo, robles, abedules, abedules y robles. Colores que se mueven muy despacio en sentido contrario, verdes oscuros, claros, amarillos y marrones, todos ellos colorean la hermosa Galicia.

El camino primitivo de Santiago agasaja con viejas leyendas. El aire que nunca olvida, recuerda fragancias de fragmentos de vidas, otras horas, días y años. Los viajeros, de sentidos y sentimientos doblados, algunos encontrados y otros livianos, pesados, pero todos guardados en amplias mochilas, afrontan la décima etapa desde San Román da Retorta a Melide.

Alternancia de asfalto y caminos de tierra. Cuestas mentirosas que se disfrazan de pequeñas elevaciones, un valle y su núcleo llamado, Burgo de Negral. Continúa el sendero y decreciendo en tamaño, la minúscula convivencia entre los hombres se hace pueblo en Vilacarpide.

Ínfimas poblaciones siguen saliendo al paso, como cobelas, son pequeños rincones en los que los minutos pasan deprisa. Ponte Ferreira, con un puente romano que sabedor de su belleza este último, obliga al peregrino a detenerse y respirar profundamente por prescripción del alma.

Carballal, Leboreira, Bouchazán, la Iglesia de San Xurxo de augas santas, cruces que asoman al camino. Cultura castreña “castro de a Ourela”. La sierra de Careón, piqueteo de pinares y prados, un hospital de San Juan de Jerusalén que fue, y se ha desvanecido, la montaña lo ha escondido.

Pasos cortos en Vilamor e Irago de Arriba, estáticos en Melide, doloridos y sangrantes. Un mar de peregrinos, que confluyen de otro camino de Santiago, el francés.

Curar los pies, el alma está cicatrizando.

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Lucus ab Iria Flavia

Me abrazo a la almohada, la noche se acuesta, las piedras del camino corren más que el peregrino. Paso tras paso, sueño que me aferro al crujir de los árboles, estos se mecen con la intención de seguir durmiendo.

Me asomo al marco de un cuadro. Un Dios que pinta una luna que viste de mimo. Catalina, celestina que propone el amor a las eternas murallas. Altura empedernida, empedrado perímetro de tantas respiraciones como pedacitos de humanidad.

Desde Lugo a San Romao da Retorta, en la Galicia perenne habita el caminante, ahora en la novena etapa del camino de Santiago primitivo.

Son las conchas de bronce del casco viejo lucense, las que de manera tímida muestran la ruta a seguir, formalizan encuentros con la Iglesia de Santiago, a Nova, la Plaza Mayor, sus árboles frondosos y fuentes.

Retales de historia, la vía romana XIX, que unía Lugo con Astorga, la catedral de estilo románico consagrado a Santa María, la medieval y recoleta Praza do Campo, la puerta del Carmen y la infinita muralla romana, estructuras que contarán a otros peregrinos ese camino estático, suspendido en el tiempo, segundo tras segundo y siglo tras siglo.

Cruzar A Ponte Vella, puente de origen romano, balcón ancestral al río testigo del paso continuo de la vida, el Miño. Transitar y sentir la aldea de San Lázaro, con sus casas de piedra e iglesia del siglo XVIII.

Continuar entre prados y árboles, con un caminar sosegado, bifurcación a Santa Eulalia de Bóveda, cautivadora iglesia del siglo VIII. De bruces con un núcleo llamado Hospital, San Pedro de Baixo, y Taboeiro, todos ellos pequeños mundos que recuerdan que no existe una soledad absoluta.

San Romao da Retorta, el destino y el descanso se hallan próximos. Nos saludan las palabras grabadas sobre un miliario romano. Hablan de un camino, la calzada XIX Lucus ab Iria Flavia, de un cesar, de otro tiempo.

“Caio César Augusto, bisnieto de Augusto, Pontífice Máximo, tercero en el poder tribunicio, cónsul por tercera vez, Padre de la Patria”.

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En las murallas de Lugo

Tantas son las direcciones imaginarias que confluyen desde Cádavo Baleira, tantas como palabras de peregrino guarda el camino.

Imágenes de sonidos dibujadas en los códices, que pudieron haber sido, que nunca fueron porque murieron en el “scriptorium” de amplios ventanales, afecto al pensamiento de los caminantes.

Camino real como la vida, uno, el que une en la octava etapa del camino primitivo, O Cádavo Baleira con la ciudad amurallada de Lugo.

Caminando se sorprende la silueta y su vara, flanqueado por árboles que dibujan una hilera sosegada. Mojones que cantan lentamente, acompasados, la distancia que en ese mismo lugar señala los 131 kilómetros a Santiago. Un lugar de nombre La Chaira, rinde pleitesía al peregrino al tiempo que muestra en el horizonte la meseta lucence.

Ubicaciones que nos devuelven al tenue traqueteo de pasos del día a día de otras vidas, respiraciones ancladas en la historia del camino. Testigos del estar de pequeñas aldeas y villas de rostros limpios y sonrientes, que nos dan la bienvenida con un reparador “ultreia”.

Villabade, Castroverde y esa torre del homenaje de un antiguo castillo del siglo XIV. La Iglesia de Santa María de Castroverde. San Miguel do Camiño, Souto de Torres, deambular dolorido entre caminos de carros, sebes, y regatos que pueblan la mañana, la tarde, la noche, y toda la eternidad del eterno peregrino.

Recitar de historia en pequeños carteles de fondo blanco, casados con minúsculas aldeas y ínfimos pueblos, Vilar de Cas, Soutomerille, hermanados con iglesias como la de San Salvador joya del prerrománico, y Gondar, primera parroquia del Concello de Lugo.

Respirar cansado en As Casas da Viña, lugar en que las fuerzas comienzan a flaquear, ya tengo sangre en los pies. Contamos un largo caminar desde el primer día en que se hizo al camino el caminante, hasta hoy desembocar en la Ronda de la Muralla de Lugo.

Largas horas en soledad que acaban al cruzar la fortificación romana por la puerta de San Pedro, para poder leer “por aquí entró el rey Alfonso II el Casto en el siglo IX, inaugurando el primer camino de Santiago” y regocijarse en pensamiento y obra a viva voz, “ahora lo hace este maltrecho y dolorido peregrino, cojeando”.

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Fontem sacra

Un sol hermoso asoma tímidamente su rostro. Viajero disco de luz se aventura a tocar con los primeros rayos, un corto espacio de agua pura que fluye de la fuente sagrada que da nombre a la villa de Fonsagrada. Porción de líquido único y exclusivo para este peregrino.

El fluido no se detiene, no volverá, es estado líquido que sigue su curso, y nunca permanece como el camino que fue ayer, es ahora y será mañana.

EL círculo infinito acaricia el tiempo, horas, minutos y segundos en continuo movimiento. Los primeros pasos de la mañana se han consumado y se dirigen a la localidad de O Cádavo Baleira, como parte de la séptima etapa del camino primitivo de Santiago.

Montañas redondeadas rodean cada ombligo del mundo, caminamos bosques frondosos, testigos del eterno verdor infinito de los pastos. Serpenteante comitiva de subidas que permanecen en los altares naturales que tocan el portal del cielo.

O Padron, veo una casita de Dios, la Iglesia de San Xoan, la fuente do Pastizal, en ese lugar beben las “Horas” que mantienen el orden en la naturaleza.

Tocar las paredes del hospital de peregrinos de Montouto, de piedras apiladas en el siglo XIV. Las estructuras que aún recuerdan las sombras de los desventurados que en el camino dejaron de ser y estar.

Descenso a Paradavella, antesala a la elevación de a Costa do Sapo, el palo apoyado en la tierra, engaña al dolor de pies del cansado peregrino, y toca alegóricamente las nubes que forman algodones en el cielo.

A Lastra, Fontaneira, escalera vertical que ya no lo es tanto cuando se piensa en lo que ya se ha caminado. De la nada surge O Cádavo Baleira, el alma endurecida recompone el cuerpo cansado.

Etapa 7: La Fuente Sagrada / A Fonsagrada

 

El prólogo de los juglares

Un camino de Santiago, testigo del pisar alegre, triste, melancólico. Caminantes que buscan perdón recorriendo la senda. Hombres que encuentran cobijo, que se esconden, de pies doloridos, ligeros, pesados, de pasos largos y cortos.

Un camino de Santiago que reproduce el cantar de los juglares. Peregrino escucha el silencio, regocíjate en ese momento inhóspito, tiempo que cubre el tiempo de los sonidos de un laúd, de un tamboril, o una flauta.

Las Cantigas del rey Alfonso X, en lengua “galaico portuguesa” eran el deleite de peregrinos de tiempos pretéritos, poder escuchar los milagros y leyendas, recitados por trovadores en las plazas de esas hermosas villas.

El romero de Santiago.

“Non é gran cousa”
Es uno de los relatos más conocidos del Camino de Santiago. En el siglo XIII se le denominaba “el gran milagro” y tenía una fiesta especial en la catedral de Santiago de Compostela. Aparece en el Liber Beati Jacibi atribuido a Anselmo de Canterbury.

Un peregrino que iba a Santiago peca contra la castidad y el diablo tomando la figura de Santiago se le aparece y le indica que para salvarse ha de mutilarse el órgano con que pecó y degollarse. El romero lo hace de buena fe y muere. El auténtico Santiago entra en disputa con el diablo que quiere llevarse el alma del peregrino. La Virgen “abogada en el Tribunal del Paraíso”, sentencia la resurrección del romero, que nunca pudo recobrar aquello de lo que se privara”.

El peregrino ahorcado.

“Por dereito ten a Virgen”
“Es el más divulgado de los milagros del Camino de Santiago y sucedió en Toulouse en el año 1090. En el Liber Beati Jacibi  se le atribuye a Calixto II.

Un romero alemán devoto de Santa María viajaba con su hijo por Rocamador hacia Santiago de Compostela. Un malvado y hereje posadero introdujo secretamente un vaso de plata en el saco del hijo. Delatado y descubierto, un juez mandó ahorcar al mozo delante de su desolado padre, que llorando continuó su prometida peregrinación. Pasados tres meses, de regreso fue a ver a su hijo colgado y muerto, descubriendo  que aun vivía porque Santa María le sostuvo ese tiempo con sus manos. La gente  indignada buscó al posadero hereje, que al confesar su culpa fue quemado en la hoguera”.

Cuantas y bellas historias guarda el camino de Santiago. Contaré mi humilde viaje en solitario cruzando tierras asturianas y gallegas, para llegar a Santiago.

Suman 12 relatos, como los 12 apóstoles, las 12 Tribus de Israel, los 12 dioses y titanes del Olimpo, los 12 Caballeros de la Mesa Redonda, los 12 Pares de Francia del Rey Carlomagno, los 12 asnos del cielo de los dioses germanos, los 12 fundamentos o bases de la muralla del Nuevo Jerusalén, las 12 perlas, las 12 puertas, los 12 ángeles que protegen las puertas, los 12 veces 12.000 hombres que vivirán en la ciudad sagradas, las 12 tareas de Heracles, los 12 compañeros de aventuras de Sigfrido y mil veces 12.

12 días, 460000 pasos sobre el camino primitivo de Santiago.

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transición entre montañas

Aldeas como la Farrapa, después a Cerexeira, Castro, Pedraira, Peñafuente, que hermoso trayecto pincelado con dos pequeñas capillas de nombres, el Carmen y San Lazaro de Pedraira.

Tuneles de pasos arañados en la tierra y flanqueados por bosques de pinos. Reinos de tamaño ínfimo que se ubican a lo largo del camino primitivo, en la sexta etapa desde Grandas de Salime hasta Fonsagrada, esta última villa ya en la provincia de Lugo.

Mil treinta metros de subida al puerto del Acebo. Ansiedad peregrina que me acompaña amparada en la soledad del camino.

Mil treinta pulsaciones en el corazón, colaboración necesaria de este, complicidad con el engranaje de los pensamientos invasores y derrotistas.

Subida por un plano inclinado, fricciones y punzadas en los talones, piedras bifaces se clavan en las plantas de los pies. Distancia elevada coronada en el alto, por la transición, frontera entre Asturias y Galicia. Camino guiado por conchas vueltas, por las tierras gallegas.

Caminos, veredas perpendiculares, la mayoría paralelas a la civilización, al asfalto, bifurcaciones, mojones, y una última cuesta que deja al peregrino sin apenas aliento, cansado, camino felizmente por las calles de Fonsagrada.

¿Que encuentro en mi interior?, ¿que busco en el camino primitivo de Santiago? encuentro equilibrio convertido en estructuras físicas, busco romper mi salvación, destruir la zona de seguridad, alejarme ansioso y volver reforzado.

Estoy lleno de paz, ubicado frente a la capilla de Santa María, respiro profundamente. Encuentro paz, si, mucha paz. Sagrado lugar, allí detenían sus pasos los peregrinos y lavaban las heridas en la fuente que un día hubo, también su agua era sagrada, “fontem sagrada”.

Me acompaña un gran palo, me ayuda a caminar. Escucho los susurros de las piedras que fueron antaño un hospital de peregrinos, en Montouto. El Real Hospital de Santiago, y leo en la pared vertical del cielo, un nombre, un rey, Pedro I el cruel.

Estoy en el albergue, y temo que mi camino se truncará aquí, me duelen tanto los pies. Ya casi no puedo caminar. Creo que mañana volveré a casa.

El reflejo de un rostro. El espejo de un lento y dolorido peregrinar de dueño un peregrino. La simbiosis entre el hombre, la senda y la esencia de los pasos.

Mil metáforas que hablan de no abandonar, de no ser un huérfano del camino, convertirse en fiel testigo de las palabras de un estanque pentagonal de aguas transparentes y dormidas. Líquidos horizontales que empapan el respirar de un Dios y oxidan las espadas de dos reyes, uno cruel, y el otro hechizado.

 

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Escritor y peregrino

Xavier Eguiguren (seudónimo), nace en Clemont Ferrand (Francia), en el año 1969, hijo de emigrantes españoles. En 1978, regresa a España, concretamente a la castellana ciudad de Valladolid, lugar en el que reside hasta el año 1989, momento en que ingresa en el Cuerpo de la Guardia Civil.

Destaca el primer destino, en Barcelona, seguido de lugares tales como Eibar, y Unidad Antiterrorista en San Sebastián (Guipúzcoa), estas últimas ubicaciones de una hostilidad absoluta e inmersas cronológicamente en una etapa sanguinaria de la banda terrorista ETA. Reseñar entre sus destinos otros puntos conflictivos como la Ría de Arosa (A Coruña), Madrid, etc.

Durante su permanencia en Asturias como agente de la Guardia Civil, se ocupa durante cinco años de la protección de las víctimas de violencia de género.

Cursa estudios de Historia del Arte, en la Universidad Nacional de Educación a Distancia.

Activista contra la violencia de género y el acoso escolar, lo hace mediante la publicación de artículos referidos a casos reales de violencia, en revistas tales como, “Letras de Parnaso de Cartagena, La Alcazaba de Alicante, y en la página oficial de la UNEE (Unión Nacional de Escritores de España)”, añadir que también se halla encuadrado en la lista de colaboradores de la revista “La Escena”, cultura y arte de Asturias.

Participa como colaborador en la radio RTPA, en espacio “Ni una menos con Xavier Eguiguren”, difundiendo, ayudando, movilizando y concienciando contra la violencia sobre la mujer y los niños, a manos de sus parejas, esposos las primeras, y los últimos en ocasiones asesinados por sus padres.

Escribe y publica en el 2016 su primera obra cuyo título es “Infierno, cielo, y en la tierra un traje verde”. Pequeños retales de la vida de un agente de la Benemérita y su síndrome del norte”.

Inmerso en su segundo libro más crítico y complejo, vital y lleno de experiencias de un deambular siempre alerta, de título “13 vidas, 13 destinos de un Guardia Civil”.

Escribe textos sobre la violencia de género, integrados en un título “162 huérfanos” que formarán parte del libro “Algo que decir” editado por el Ateneo Blasco Ibáñez de Valencia.

Recientemente nombrado delegado del Ateneo Blasco Ibáñez de Valencia en Asturias, y también delegado de la revista cultural Letras de Parnaso igualmente en Asturias. Integrado como escritor en la Sociedad Argentina de escritores.

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Agua que susurra

Las cuatrocientas sesenta mil necesidades del ser, se apilan como piedras en los cajones más escondidos de la psique. Los pasos que pesan, son el antídoto para el afligido. El contínuo caminar reduce las exigencias del peregrino, cada pisada en el camino hace más fácil y liviana la propia vida.

Apoyar los pies en el suelo y verificar que no duelen demasiado, es como nacer de nuevo cada mañana, alegría que siente el caminante. El entusiasmo desborda la mochila, esta última ocupada con poco más que aire, para que no pese mucho.

La quinta etapa del camino primitivo de Santiago, empieza en Berducedo y concluye en Grandas de Salime. La niebla y el rocío de la mañana son compañeros embutidos en sus pensamientos. Bruma y humedad cálida, que como el viajero, ya sea peregrino, romero o palmero, se desprende de su peso. Alba construida con pequeñas gotas de agua fresca que quedan detenidas en mi viaje, sobre la ropa que me cubre.

Silencio que me habla desde mi yo exterior al interior, esa segunda voz de hombre equilibrado que pregunta, ¿por qué no hay pájaros en el bosque?

Sueños febriles, alucinantes secuencias proyectadas en el ecran tridimensional de la mente, testigos de la destrucción del paisaje, llorar en silencio un cúmulo de árboles tristes, muertos, carbonizados por el fuego.

No veo a las “Xanas”, ni los “Trasgus”, ya no están las ninfas de los manantiales, no han querido quedarse para enseñarnos el camino, sólo han dejado los mojones y sus conchas, es una gran pena.

Las aguas, retenidas en el embalse tras los muros de hormigón, susurran al paso de nuestras piernas ya cansadas del camino. Puedo escuchar sollozos y entender remordimientos, al tiempo que ver el líquido golpear contra las paredes, culpándose por no haber podido mezclarse con el fuego y apagarlo, este último lo ha devorado todo a su paso.

Los moradores del bosque volverán con cada peregrino que por ese lugar se adentre. Una leyenda que queda impresa en el aire. Las siluetas heridas se currarán, pero siempre serán testigo de la destrucción de ese día de peregrinación.

Ya queda poco para llegar al destino, el último lugar del camino de Santiago en Asturias, Grandas de Salime.

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El paso de hospitales

Aún resuena en mi oido el despertar con una música tenue, un “Ave María”, la escuché ayer en el “Albergue de Bodenaya”, la casa de todos los espíritus peregrinos, refugio precioso para un interior agnóstico como el mío. No creo en la religión según la cuentan los hombres, solo sigo a las buenas personas.

La luna se esconde detrás de la niebla, y el miedo a la soledad del camino abrupto se hace latente en forma de punzadas en mis brazos, y pecho ansiosos.

Comienza la cuarta etapa, dura y sin almas en treinta kilómetros por las montañas hostiles, olvidadizas con facilidad del camino de vuelta, pero eternamente hermosas. Necesitaré un ansiolítico.

De “Campiello” a “Berducedo” por el camino de los hospitales. Mil doscientos metros de niebla que te lame la mochila, que pesa, te ciega, que no te deja ser testigo de la belleza del paisaje.

Corre más que la bruma peregrino ansioso, adelanta al temor que se queda jugando con los árboles que flanquean el camino primitivo de Santiago. Por fin la luz del sol incide en la cara, calienta y muestra desde la distancia, la senda que lleva a la planicie tapizada de verde.

Que preciosa visión, he sido veloz, el cristal traslúcido que me acompañaba ha quedado atrás en el valle. El cuerpo se detiene y permite que el alma otee con avidez el todo. Estoy orgulloso, feliz sin ansiedad.

Las ruinas de los hospitales de peregrinos de nombre “Fanfaraón” y “Valparaíso”, antiguos paños de lágrimas de peregrinos del medievo, son testigos del paso de mis cábalas e historias de mil hombres, que ya no existen pero que estuvieron, me siento tan pequeño.

Y mil piedras, mil caminos abruptos, sudor, cansancio, caballos salvajes que corren al percatarse de la presencia de los peregrinos.

Sed, mucha sed, el destino, el albergue de “Berducedo” está a poca distancia, las ampollas ya no duelen, regocijadas por haber podido tocar el suelo que lleva al cielo del caminante.

Por fin agua.

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